Tomás de Manjarín: legado templario y guía práctica en el Camino Francés
Quién fue Tomás de Manjarín y por qué se convirtió en un mito del Camino
Tomás de Manjarín fue ese raro cruce entre hospitalero, símbolo y guardián de una forma muy antigua de hospitalidad. Vivía en lo alto del puerto, en un caserío mínimo que para muchos peregrinos es más una coordenada emocional que un punto del mapa. Se presentaba como templario —sí, de túnica blanca y cruz roja—, pero más allá del atuendo lo que sentías era una vocación de acogida radical: parar, mirar a los ojos, ofrecer algo caliente y, sobre todo, bendecir el camino por delante.
La primera vez que me planté allí me sorprendió lo natural que resultaba todo: la mezcla de señales del Camino, banderas, tablillas con distancias, imágenes y, en medio, Tomás conversando con una calma que no suele verse entre prisas y altitudes. En mi caso, Tomás nos recibió en Manjarín, donde era literalmente el único habitante, y esa soledad poblada de peregrinos parecía su forma de estar en el mundo. Lo que le convirtió en mito no fue sólo la estética templaria, sino su coherencia diaria: un refugio a donativo, una filosofía de “compartir, no repartir” y una actitud de servicio sin pedir nada a cambio.
Mucho antes de que existieran hashtags sobre “experiencias auténticas”, él ya practicaba una autenticidad difícil de imitar. Para el peregrino moderno, Tomás es la prueba de que el Camino no son sólo kilómetros: es gente que decide sostener el paso de otros. Por eso, cuando hoy alguien pregunta por “Tomás de Manjarín”, no busca biografía fría: busca entender por qué, tras una charla de diez minutos allí arriba, sientes que llevas otro ritmo al bajar.
El refugio templario y el “albergue de la voluntad”: cómo funcionaba y qué lo hacía único
El refugio de Tomás funcionaba con la lógica más antigua del Camino: a donativo. No había tarifas cerradas ni marketing, había una mesa, vasijas, caldo, café, sellos, un rincón para rezar o callar, y una conversación que valía más que cualquier extra. El lugar era, además, un punto de referencia emocional: banderas del mundo, símbolos templarios, tablones con nombres y recuerdos. Yo lo viví como un choque de sencillez: sin cartel de “instagrammable”, pero con esa energía que sólo surge donde el servicio manda.
Una anécdota que guardo con cariño: al levantar la vista, Tomás nos señaló una bandera de México ondeando en lo alto. Nos contó —como parte de su conversación de sobremesa— que Vicente Fox la había colgado meses antes, cuando pasó en bici. Lo cuento como me lo contaron, sin convertirlo en titular; lo importante no era la anécdota en sí, sino la constelación de pasos que él iba hilando con historias de peregrinos de todas partes. Allí aprendí que su “albergue” no era un local: era un modo de relación.

¿Por qué era (y es) único? Porque solucionaba tres necesidades a la vez: calor, dirección y sentido. El calor del caldo y el café; la dirección en sus avisos concretos para el tramo siguiente; y el sentido de recordar que el Camino es comunidad. Para mí, ese triángulo define mejor a Tomás que cualquier etiqueta templaria.
Del Cruz de Fierro a El Acebo: belleza, clima y riesgos reales del tramo (consejos de calzado y bastones)
Entre la Cruz de Fierro, Manjarín y El Acebo se encadena un tramo precioso y engañoso: altitud, viento cambiante y, al bajar, piedra traicionera. Aquí conviven la postal de cumbres abiertas con la realidad de la técnica de descenso. Tomás tenía una obsesión práctica: que nadie confundiera mística con imprudencia. Antes de salir, nos pidió prudencia: “ojo con la bajada a El Acebo”.
Si vas a encarar ese descenso, te dejo lo que a mí me funciona y que ojalá me hubieran insistido más la primera vez:
- Suelas firmes con buen taqueado: las lajas negras —planchas de piedra finas y a veces húmedas— multiplican el riesgo de resbalón.
- Bastones bien regulados: úsalos por delante en “modo trípode” en los escalones más afilados; descargan rodilla y frenan inercias.
- Ritmo corto y cadencia constante: no “saltes”; pisa en plano y evita cantos.
- Mochila compacta: si rebota, te desestabiliza. Cinchas tensas, espalda pegada.
- Capas contra viento y una gorra: arriba el tiempo cambia en minutos.
Yo confirmé el aviso en mis piernas: esas lajas son un bisturí bajo las botas. Sin bastones y con suelas blandas, lo pagas. El descenso a El Acebo premia la paciencia: quien baja con cabeza llega con rodillas y, sobre todo, con ganas de seguir.
Checklist rápido de equipo para la bajada
- 2 bastones ajustados a tu estatura
- Botas/zapatillas con taqueado profundo y suela rígida o semirrígida
- Calcetines técnicos de recambio (si llueve, cambia)
- Cortavientos y capa intermedia
- Mini botiquín: esparadrapo, toallitas, antirozaduras
Lo que aprendímos al conocer a Tomás (2017): advertencias que nos salvaron los kilómetros siguientes
No convierto a Tomás en santo; lo recuerdo como maestro de lo útil. De él me llevé tres lecciones que sigo aplicando:
- El Camino se camina a la velocidad de tu atención. Allí arriba todo invitaba a correr tras la foto. En mi caso, me obligué a respirar y escuchar. Ese minuto de pausa me ahorró golpes al bajar.
- La cortesía es equipo de seguridad. Parece poesía, pero es física: si te detienes a agradecer, hidratarte y ajustar bastones, el cuerpo se coloca. Cuando nos despedimos, “gracias” fue parte del ritual que me recordó revisar cordones y cinchas.
- No subestimes el terreno. A los pocos kilómetros lo entendimos. Pisé esas lajas negras, y vi cómo la falta de entrenamiento en subidas y bajadas le pasó una dolorosa factura a Ivonne en los días siguientes. Aprendimos que el Camino también se entrena.

Estas ideas no son frases de taza: son hábitos que sostienen tus articulaciones, tu ánimo y tu viaje. Si algo define a Tomás es que ponía “lo sagrado” a ras de suelo: en el café que calienta, en el consejo que evita una caída, en la mano que te bendice y te suelta.
5) Qué cambió desde 2022: cierre de la pernocta y cómo informarte antes de ir (café/caldo 8:00–13:00)
Conviene ordenar los tiempos para no mezclar recuerdos con logística. Históricamente, el refugio de Manjarín cerró la pernocta y quedó durante un tiempo como punto de atención diurna (café/caldo en franja matinal). Si hoy planeas tu etapa, te propongo una rutina simple:
- Verifica el estado de servicios en Rabanal, Foncebadón, El Acebo y Molinaseca el día previo (oficinas locales, foros recientes, albergues vecinos).
- Plan B de agua y comida: aunque cuentes con un café en ruta, sube con autonomía básica (agua + algo salado).
- Márgenes de horario: la montaña manda; si hay viento o lluvia, suma margen para la bajada.
- Respeta los cierres: si un espacio funciona sólo como punto diurno, no fuerces la pernocta “por la foto”.
Mi recomendación honesta: planifica como si no hubiera servicio garantizado, y deja que la hospitalidad sea un regalo, no una dependencia.
6) Homenajes y despedida (enero 2026): cómo la comunidad mantiene viva su memoria
La noticia de su fallecimiento en enero de 2026 de Tomás de Manjarín, movió a muchas personas que lo conocieron de paso o de años. Más allá de fechas y notas, me quedo con lo que he visto en peregrinos: palabras de gratitud y pequeñas ceremonias privadas —una piedra en la Cruz de Fierro pensando en él, una foto en Manjarín, una taza de caldo en su honor en cualquier cocina de albergue—. La memoria del Camino se teje así, sin estruendo.
Si pasas por la zona, puedes recordarlo en marcha: baja atento, ayuda a quien vaya peor que tú, ofrece un sorbo de agua o un trozo de pan. Es la mejor manera de honrar a alguien que entendió la hospitalidad como verbo. Porque Tomás no fue un personaje para coleccionar; fue una práctica que, si la repetimos, no se apaga.
7) Mapa rápido del tramo: distancias y altitud clave para el peregrino (Cruz de Fierro → Manjarín → El Acebo)
No necesitas una tesis para orientarte, pero sí tener clara la secuencia y el carácter del terreno:
- Cruz de Fierro (punto simbólico en altura): viento frecuente, emoción a flor de piel.
- Foncebadón → Manjarín (altitud en torno a 1.450–1.460 m): pista y asfalto intercalados; atención al clima.
- Manjarín → El Acebo: descenso técnico con tramos de laja y piedra suelta; bastones obligatorios si hay humedad.
- El Acebo → Riego de Ambrós → Molinaseca: descenso prolongado; la fatiga aparece por acumulación; no te confíes al salir del primer tramo.
- Molinaseca → Ponferrada: tránsito más amable para soltar piernas, pero guarda energía para entrar de una pieza.
Consejo de navegación: traza tus descansos antes de los tramos técnicos, hidrátate en alto y revisa cordones. Si vas en grupo, establece “palabras clave” (“laja”, “paso corto”) para avisos rápidos.
Variantes y sinónimos útiles (para enriquecer tu texto o ficha web)
| Término/Variante | Uso sugerido |
|---|---|
| Tomás de Manjarín | Denominación más buscada y natural |
| Tomás Martínez (de Paz) | Identidad civil / contexto biográfico |
| El templario de Manjarín | Alias popular, alto reconocimiento |
| Hospitalero de Manjarín | Rol funcional dentro del Camino |
| Albergue templario / a donativo | Descripción del lugar y filosofía |
| Manjarín (Camino Francés) | Ubicación y eje semántico |
Conclusión
A Tomás se le entiende caminando: en el choque de altitud y silencio, en la taza caliente que aparece cuando menos lo esperas, en el consejo exacto que te evita una caída. Yo llegué buscando un sello más y me fui con tres hábitos: atención, cortesía y respeto al terreno. Si preparas bien la bajada a El Acebo, llevas su legado en las piernas; si compartes algo de lo que tienes con quien viene cansado, lo llevas en el corazón. Ese es el Camino que Tomás ayudó a sostener.
FAQs
¿Quién era Tomás de Manjarín?
Un hospitalero emblemático del Camino Francés, reconocido por su estética templaria y su acogida a donativo en lo alto del puerto, en el núcleo de Manjarín.
¿Puedo dormir en Manjarín como antes?
Históricamente, la pernocta se cerró y quedó atención diurna durante un tiempo. Planifica con autonomía y verifica el estado actual en los pueblos cercanos (Rabanal, Foncebadón, El Acebo, Molinaseca).
¿Por qué se le asociaba con los templarios?
Por su simbología, su túnica y, sobre todo, por una ética de servicio que él encarnaba: acoger, orientar y bendecir el camino.
¿Qué debo vigilar en la bajada a El Acebo?
Lajas negras resbalosas, escalones de roca y acumulación de fatiga. Bastones, suela con buen agarre, ritmo corto y atención plena.
¿Cómo puedo honrar su memoria al pasar por allí?
Con gestos sencillos: ayudar a otro peregrino, caminar con prudencia y compartir algo caliente cuando puedas. Así se mantiene viva su hospitalidad.